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Rumores Literarios

Por azares del correo ha llegado a mi un texto de la revista replicante en el que se dedican a destruir la imagen de Elena Poniatowska. Para quien lea esto y no conozco a Elenita, ella es como la abuelita escritora de la izquierda electoral mexicana, una de esas figuras que causan ternura politicamente correcta, admiración y ganas de ponerla en un pedestal. Pero como pequeño rumor lleno de odio (rumores de la derecha, dirán algunos) se dice que no es ni tan buena ni tan de izquierda, en fin nada mejor que dejarse llevar por el rumor y gozar de la imagen de una Elena Poniatowska estilo Mom de futurama, viejita adorable en publico y directora (dictadora) de empresa en privado.  El fracaso del Premio Poniatowska Malú Huacuja del Toro http://www.revistareplicante.com/   Reseñas y noticias Cuando me llamaba por teléfono el periodista cultural Luis Enrique Ramírez para quejarse de que Elena Poniatowska lo tenía encerrado escribiéndole a ella sus libros y sus reportajes en una casa adjunta a la suya y controlando cuánto dinero se gastaba él hasta en el pesero, yo no quería creerle. No porque sonara inverosímil, pues Luis Enrique era buen narrador y cuando me explicaba que había pasado meses en un centro de rehabilitación “de quinta” en el que le pegaban y le gritaban “¡Arrepiéntete, drogadicto!”, o que Poniatowska lo había metido en ese centro de atención gratuita para ahorrarse dinero mientras que entre sus amistades se vanagloriaba de su generosidad, no escatimaba esfuerzos en hacerme reír detallando los regaños de la autora de Hasta no verte, Jesús mío cuando él pedía más dinero del necesario para el pasaje y ella pensaba que se lo iba a gastar en drogas. Pero, a fin de cuentas, a mí me parecía que Luis Enrique había conseguido trabajo en el periódico que ella codirige no sólo por sus aptitudes profesionales sino también por las infidencias que le había contado de sus críticos, entre las cuales muchas me constaba que eran infundios. Después de su proceso de rehabilitación y de su reclusión en una de las casas de Poniatowska, Luis Enrique ya no tenía amigos. Pero los había tenido. A todos nos había pagado igual (mal) y ahora nos buscaba para quejarse de la carcelaria que lo tenía a tiempo completo de escribano personal, maquilándole el trabajo y contándole los centavos del camión. Por un cariño atávico me daba lástima su situación; sin embargo, por protección personal yo ya no le contaba mucho de mí ni confiaba en lo que me dijera. Aunque el retrato que Luis Enrique Ramírez hacía de ella presentaba ciertas coincidencias con la versión novelada de Enrique Serna en El miedo a los animales respecto a su doble personalidad y su intransigencia, no sólo no me convencían del todo ninguno de los dos (Serna, para escribir ese libro, al igual que Enrigue, había aprendido mucho de Crimen sin faltas de ortografía y nunca le reconoció ni un certificado de maternidad, aunque fuera adoptiva o de madre desobligada y abandonadora, por ejemplo), sino que no me importaba. Pero el escritor y divulgador científico Luis González de Alba no es Luis Enrique Ramírez. Cuando fue corrido del periódico La Jornada tras demostrar que Poniatowska se había plagiado aspectos de su libro Los días y los años, era difícil no creerle. La legitimidad de su demanda fue avalada por la todavía más sospechosa cadena de doctorados honoris causa que empezaron a reproducirse solos para Elena Poniatowska en cuanta universidad se dejara, y la aparición de otro “entrevistador” con un libro de su vida (Me lo dijo Elena Poniatowska, de Esteban Ascencio, Ediciones del Milenio, 1997), tan inevitablemente interpretado como un intento por limpiar su empañada imagen. (El tiro salió por la culata después: por ese libro, cuando Jesusa Rodríguez se autoproclamó fiscal moral de los cantautores Serrat y Sabina por cenar con Calderón, se supo que tanto Elenísima como Jesusa cenaban con Salinas de Gortari: la propia Poniatowska relata la [es]cena.) El mayor golpe del reclamo público demostrado no se puede ver, sin embargo, a corto plazo. Es un golpe inmortal. Porque basta con leer La noche de Tlatelolco para saber que, por más que los participantes merezcan el mayor respeto al haber vivido y sobrevivido a la masacre, y al margen de la relevancia del hecho histórico, no es un buen libro. Pero siquiera se decía que, si algún valor tenía, éste “era testimonial”. Una demanda que demuestra tergiversaciones despoja al libro del encomiable atributo. Asombrosamente, lo que no logró desempañar la biografía que había salido como descargo en 1997 lo hicieron los propagandistas de campaña para las elecciones presidenciales de 2006, al seguir al pie de la letra los modelos utilizados en el país del norte. En Estados Unidos, con fotomontajes, videos e investigaciones de sus vidas desde que eran bebés y sus padres decidían por ellos, los candidatos a la Presidencia logran desprestigiarse encarnizadamente. Los contrincantes aparecen en una foto con turbante a la Bin Laden o en bikini, fumando crack en una supuesta fiesta de graduación o montados en carruseles a los cinco años junto con miembros de Enron, lo que les baja o les sube puntos en las encuestas hechizas. Pero algo diferente sucedió en México con el artificio de la campaña de desprestigio durante las elecciones presidenciales. La cuestionada escritora se convirtió en víctima, y aun siendo una de las escritoras más poderosas del país y de muchas otras naciones hispanohablantes, con la mayor movilidad política, social y económica, la opinión pública comandada por su equipo de campaña (más barato, más articulado y más influyente que el de los propios candidatos presidenciales: no en vano los funcionarios públicos la buscan tanto como “protección de imagen”) le dio trato de “marginada”. Más tardaron en decirlo que ella en despojarse sola de tan inexacta descripción, con la concertación de más premios que esta vez no sólo llegaron sospechosamente para ella sino acordes con las agendas de convenciones nacionales democráticas. Y parecía que todo iba a seguir así indefinidamente, hasta el pasado 8 de marzo, cuando las mujeres escritoras de México —no nada más yo— dijeron: “Basta”. El jugoso Premio Poniatowska de medio millón de pesos que otorga el Gobierno del Distrito Federal, este año con el tema Voces de mujeres supuestamente creado para estimular el trabajo de las escritoras mexicanas, contó con una participación tan baja y ajena a las voces de mujeres que tuvieron que cambiarle el tema (o hacer como que nunca había habido tema). El jurado del Premio estuvo integrado por hombres y el galardón lo ganó un hombre, lo cual no tendría relevancia alguna de no haberse dado el anuncio previo respecto al género. El escritor Álvaro Uribe —a quien le deseo un gran éxito editorial y que me alegra que haya ganado: ése no es el punto que aquí me ocupa— ganó con la novela Expediente del atentado. Pero el anunciado Premio, con cerca de cincuenta concursantes, tuvo la misma participación que la que yo conseguí en total con los modestísimos premios de Miel y Amoníaco a los que convoqué a través de una página electrónica para escritoras mexicanas (www.antilibros.com), sin el presupuesto del GDF, sin Televisa, sin el apoyo del periódico codirigido por Poniatowska, sin sus articulistas porristas, sin sus estrategias publicitarias seriadas, sin sus directoras de escena, sin sus moneros, sin sus reseñistas alineados, sin sus cantantes, sin sus becas vitalicias, sin su dinero y sin sus contratos con grandes editoriales. —MALÚ HUACUJA DEL TORO www.otroslibros.com **************************************

Por azares del correo ha llegado a mi un texto de la revista replicante en el que se dedican a destruir la imagen de Elena Poniatowska. Para quien lea esto y no conozco a Elenita, ella es como la abuelita escritora de la izquierda electoral mexicana, una de esas figuras que causan ternura politicamente correcta, admiración y ganas de ponerla en un pedestal. Pero como pequeño rumor lleno de odio (rumores de la derecha, dirán algunos) se dice que no es ni tan buena ni tan de izquierda, en fin nada mejor que dejarse llevar por el rumor y gozar de la imagen de una Elena Poniatowska estilo Mom de futurama, viejita adorable en publico y directora (dictadora) de empresa en privado.

 

[@more@]El fracaso del Premio Poniatowska
Malú Huacuja del Toro

http://www.revistareplicante.com/   Reseñas y noticias

Cuando me llamaba por teléfono el periodista cultural
Luis Enrique Ramírez para quejarse de que Elena
Poniatowska lo tenía encerrado escribiéndole a ella
sus libros y sus reportajes en una casa adjunta a la
suya y controlando cuánto dinero se gastaba él hasta
en el pesero, yo no quería creerle. No porque sonara
inverosímil, pues Luis Enrique era buen narrador y
cuando me explicaba que había pasado meses en un
centro de rehabilitación “de quinta” en el que le
pegaban y le gritaban “¡Arrepiéntete, drogadicto!”, o
que Poniatowska lo había metido en ese centro de
atención gratuita para ahorrarse dinero mientras que
entre sus amistades se vanagloriaba de su generosidad,
no escatimaba esfuerzos en hacerme reír detallando los
regaños de la autora de Hasta no verte, Jesús mío
cuando él pedía más dinero del necesario para el
pasaje y ella pensaba que se lo iba a gastar en
drogas. Pero, a fin de cuentas, a mí me parecía que
Luis Enrique había conseguido trabajo en el periódico
que ella codirige no sólo por sus aptitudes
profesionales sino también por las infidencias que le
había contado de sus críticos, entre las cuales muchas
me constaba que eran infundios. Después de su proceso
de rehabilitación y de su reclusión en una de las
casas de Poniatowska, Luis Enrique ya no tenía amigos.
Pero los había tenido. A todos nos había pagado igual
(mal) y ahora nos buscaba para quejarse de la
carcelaria que lo tenía a tiempo completo de escribano
personal, maquilándole el trabajo y contándole los
centavos del camión. Por un cariño atávico me daba
lástima su situación; sin embargo, por protección
personal yo ya no le contaba mucho de mí ni confiaba
en lo que me dijera.

Aunque el retrato que Luis Enrique Ramírez hacía de
ella presentaba ciertas coincidencias con la versión
novelada de Enrique Serna en El miedo a los animales
respecto a su doble personalidad y su intransigencia,
no sólo no me convencían del todo ninguno de los dos
(Serna, para escribir ese libro, al igual que Enrigue,
había aprendido mucho de Crimen sin faltas de
ortografía y nunca le reconoció ni un certificado de
maternidad, aunque fuera adoptiva o de madre
desobligada y abandonadora, por ejemplo), sino que no
me importaba.

Pero el escritor y divulgador científico Luis González
de Alba no es Luis Enrique Ramírez. Cuando fue corrido
del periódico La Jornada tras demostrar que
Poniatowska se había plagiado aspectos de su libro Los
días y los años, era difícil no creerle. La
legitimidad de su demanda fue avalada por la todavía
más sospechosa cadena de doctorados honoris causa que
empezaron a reproducirse solos para Elena Poniatowska
en cuanta universidad se dejara, y la aparición de
otro “entrevistador” con un libro de su vida (Me lo
dijo Elena Poniatowska, de Esteban Ascencio, Ediciones
del Milenio, 1997), tan inevitablemente interpretado
como un intento por limpiar su empañada imagen. (El
tiro salió por la culata después: por ese libro,
cuando Jesusa Rodríguez se autoproclamó fiscal moral
de los cantautores Serrat y Sabina por cenar con
Calderón, se supo que tanto Elenísima como Jesusa
cenaban con Salinas de Gortari: la propia Poniatowska
relata la [es]cena.)

El mayor golpe del reclamo público demostrado no se
puede ver, sin embargo, a corto plazo. Es un golpe
inmortal. Porque basta con leer La noche de Tlatelolco
para saber que, por más que los participantes merezcan
el mayor respeto al haber vivido y sobrevivido a la
masacre, y al margen de la relevancia del hecho
histórico, no es un buen libro. Pero siquiera se decía
que, si algún valor tenía, éste “era testimonial”. Una
demanda que demuestra tergiversaciones despoja al
libro del encomiable atributo.

Asombrosamente, lo que no logró desempañar la
biografía que había salido como descargo en 1997 lo
hicieron los propagandistas de campaña para las
elecciones presidenciales de 2006, al seguir al pie de
la letra los modelos utilizados en el país del norte.

En Estados Unidos, con fotomontajes, videos e
investigaciones de sus vidas desde que eran bebés y
sus padres decidían por ellos, los candidatos a la
Presidencia logran desprestigiarse encarnizadamente.
Los contrincantes aparecen en una foto con turbante a
la Bin Laden o en bikini, fumando crack en una
supuesta fiesta de graduación o montados en carruseles
a los cinco años junto con miembros de Enron, lo que
les baja o les sube puntos en las encuestas hechizas.

Pero algo diferente sucedió en México con el artificio
de la campaña de desprestigio durante las elecciones
presidenciales. La cuestionada escritora se convirtió
en víctima, y aun siendo una de las escritoras más
poderosas del país y de muchas otras naciones
hispanohablantes, con la mayor movilidad política,
social y económica, la opinión pública comandada por
su equipo de campaña (más barato, más articulado y más
influyente que el de los propios candidatos
presidenciales: no en vano los funcionarios públicos
la buscan tanto como “protección de imagen”) le dio
trato de “marginada”.

Más tardaron en decirlo que ella en despojarse sola de
tan inexacta descripción, con la concertación de más
premios que esta vez no sólo llegaron sospechosamente
para ella sino acordes con las agendas de convenciones
nacionales democráticas.

Y parecía que todo iba a seguir así indefinidamente,
hasta el pasado 8 de marzo, cuando las mujeres
escritoras de México —no nada más yo— dijeron:
“Basta”. El jugoso Premio Poniatowska de medio millón
de pesos que otorga el Gobierno del Distrito Federal,
este año con el tema Voces de mujeres supuestamente
creado para estimular el trabajo de las escritoras
mexicanas, contó con una participación tan baja y
ajena a las voces de mujeres que tuvieron que
cambiarle el tema (o hacer como que nunca había habido
tema). El jurado del Premio estuvo integrado por
hombres y el galardón lo ganó un hombre, lo cual no
tendría relevancia alguna de no haberse dado el
anuncio previo respecto al género. El escritor Álvaro
Uribe —a quien le deseo un gran éxito editorial y que
me alegra que haya ganado: ése no es el punto que aquí
me ocupa— ganó con la novela Expediente del atentado.
Pero el anunciado Premio, con cerca de cincuenta
concursantes, tuvo la misma participación que la que
yo conseguí en total con los modestísimos premios de
Miel y Amoníaco a los que convoqué a través de una
página electrónica para escritoras mexicanas
(www.antilibros.com), sin el presupuesto del GDF, sin
Televisa, sin el apoyo del periódico codirigido por
Poniatowska, sin sus articulistas porristas, sin sus
estrategias publicitarias seriadas, sin sus directoras
de escena, sin sus moneros, sin sus reseñistas
alineados, sin sus cantantes, sin sus becas
vitalicias, sin su dinero y sin sus contratos con
grandes editoriales.

—MALÚ HUACUJA DEL TORO
www.otroslibros.com

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